Nirvana

noviembre 22, 2007

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noviembre 22, 2007

A todos nos interesa…

Audiovisuales / Fragmentos

noviembre 22, 2007

A manera de introducción

El retrato de Dorian Gray (fragmento)

Lord Henry Wotton: No existe aquello llamado buena influencia, señor Gray. Todas las influencias son inmorales-inmorales desde el punto de vista científico.
Dorian Gray: Porqué?
Lord Henry Wotton: Porque influenciar a una persona es darle nuestra propia alma. Esta no tendrá sus propios pensamientos, y se incendiará con sus propias pasiones. Sus virtudes no serán reales, sus pecados, si existen los pecados, serán prestados. Se convierte en el eco de la música de otro, el actor de una parte que no ha sido escrita para él. El objetivo de la vida es el desarrollo de su propio yo. Encontrar su naturaleza apropiada, es esto por lo que cada uno de nosotros estamos aquí. El mundo tiene miedo de sí mismo, se han olvidado de la mayor de todas las obligaciones, la propia. Claro que son caritativos, alimentan al hambriento, y visten a los mendigos. Pero su propio ser está famélico y desnudo. La valentía huyó de nuestra raza. Tal vez nunca la tuvimos. El terror a la sociedad, que es la base de la moral, el terror a Dios, que es el secreto de la religión, estas son las dos cosas que nos gobiernan. Y sin embargo… Sin embargo, creo que si un hombre viviera su vida completamente y hasta el límite, si le diera forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad a cada sueño. El mundo alcanzaría un impulso tan fresco de alegría que olvidaríamos lo malo de la mediocridad, y regresaríamos a la época helénica ideal, a algo más dulce, más rico, que el ideal helénico. Pero hasta el hombre más valiente tiene miedo de sí mismo…Se ha dicho que los mayores acontecimientos del mundo suceden en nuestro cerebro. Es en el cerebro, y sólo en él, donde los grandes pecados del mundo suceden. Usted señor Gray, usted mismo, con su sonrosada juventud y blanca adolescencia, ha tenido pasiones que le asustaron, pensamientos que le llenaron de terror, sueños estando despierto y dormido cuyos recuerdos podrían manchar sus mejillas de vergüenza.
(…)
Se frotó los ojos, y se acercó al cuadro y lo examinó de nuevo. No había señales de cambio alguno cuando miró la pintura, y sin embargo no quedaba duda que la expresión se había alterado. No era sólo su propia impresión. Era horriblemente obvio. Se lanzó sobre la silla, y empezó a pensar. De repente pasó por su mente lo que había dicho en el estudio de Basil Hallward el día que el cuadro fue terminado. Lo recordaba perfectamente. Pronunció un deseo enfermizo de que él pudiera permanecer joven, y que el cuadro envejeciera; que su hermosura permaneciera inalterada, y que su rostro en la tela soportara la carga de sus pasiones y pecados; que la imagen pintada se marchitara con las líneas del sufrimiento y el pensamiento, y que él mantuviera la flor y el encanto casi consciente de su adolescencia. Con seguridad su deseo no se había cumplido? Esas cosas son imposibles. Era monstruoso sólo pensar en aquello. Y sin embargo, ahí estaba el cuadro frente a él, con un toque de crueldad en la boca.

El esteticismo en Dorian Gray

noviembre 22, 2007

 

Por: Róbinson Arellano I.

 

“Hoy día la gente conoce el precio de todo, pero no sabe el valor de nada”…[1]

Esta frase puesta en la voz de lord Henry Wotton define con contundencia el mundo registrado en la obra El retrato de Dorian Gray; un mundo en el que prima el deleite de los sentidos: “No existe un mejor remedio para el alma que los sentidos, de igual modo que no existe un mejor remedio para los sentidos que el alma”[2], en el que la belleza aparece como el más grande de los imperativos categóricos; el mismo autor en el prefacio que hace a su novela lo dice. “Quienes encuentran intenciones feas en las cosas bellas están corrompidos y carecen de encanto. Esto es un defecto. Quienes encuentran intenciones bellas en las cosas bellas son cultos. Para ellos hay esperanza”[3].

La juventud y la belleza son las únicas cosas por las que vale la pena cometer un crimen, por las que vale la pena matar. Estos dos elementos están presentes en Dorian Gray y se introducen en el primer capítulo de la novela, que es un diálogo entre dos personajes: Basil Hallward y Henry Wotton. A lo largo de este diálogo se perfila a Dorian Gray: “En el centro de la habitación, sobre un caballete vertical, se hallaba un retrato de tamaño natural de un joven cuya belleza era extraordinaria…” [4]; es comparado con Adonis [5] y con Narciso [6]: “…y ese joven Adonis, que parece hecho de marfil y de pétalos de rosa. Porque mi querido Basil, es el propio Narciso…” [7]; se presenta como un ser perturbador, fascinante: “La simple presencia visible de este adolescente… su simple presencia visible…¡Ah! Me extrañaría que pudiese usted darse cuenta de lo que esto significa…”.[8]

Retrato

La belleza y la juventud son las llaves para abrir cualquier puerta, para entrar a cualquier lado y para llegar a cualquier parte. Gracias a ellas se accede al placer, al deleite. No tenerlas significa no tener nada. Pero la belleza y la juventud, con todas sus posibilidades, con todo su poder, tienen un verdugo que es implacable: el tiempo; el tiempo siente celos de quienes las poseen y los persigue hasta extinguirlos. Ante esta evidencia, se debe aprovechar al máximo la juventud y la belleza, explotándolas a toda costa, haciendo lo que sea por ganarle la carrera al tiempo y arañarle algo más. Es preferible la muerte antes que dejar que el tiempo se lleve lo más preciado. Al poseer algo de tanto valor, se piensa inmediatamente en la inevitable posibilidad de perderlo; Dorian Gray, consciente de esto y al verse amenazado por la eterna belleza de su retrato, al saber que sus bienes más preciados se extinguirán, que la pelea está perdida, que él está perdido, hace un categórica manifestación: “Si ocurriera al contrario, si fuera yo siempre joven, y si este retrato envejeciese! ¡Por eso, por eso lo daría todo! ¡Si, no hay nada en el mundo que no diera yo! ¡Por ello daría hasta mi alma ”[9] . Este es el primer crimen de Dorian Gray, este deseo es el punto desde el cual se desarrolla toda la novela: la defensa del imperativo categórico al precio que sea, defenderlo de lo que sea y de quien sea.

Aunque el tema del hombre de las dos caras fue uno de los más tratados en el Romanticismo tardío[10], y la trama del pacto con el diablo apareció también en novelas como Fausto de Goethe o Piel de zapa de Balzac, el texto de Wilde es, en gran medida, original; en la novela se liga la maldad espiritual y la fealdad física. Como el retrato de Dorian muestra las consecuencias de sus pecados, cada crimen que comete el personaje hace a la imagen más grotesca, menos bella. La primera manifestación ocurre cuando Dorian se desencanta de la actriz Sybil Vane y la trata cruelmente. Su rostro no cambia, pero el retrato desarrolla una sonrisa de desprecio. Dorian se horroriza, no tanto por el hecho mismo sino porque su retrato ha evidenciado un detalle de fealdad, y quiere enmendar su error pero antes de que tenga oportunidad, Sybil se suicida; el problema de Dorian es más estético que ético; pone los valores estéticos por encima de los éticos. Demuestra que no le asusta el pecado por sí mismo sino únicamente por su fealdad. Lord Henry Wotton le dice: “Que no le asuste nada…”, pero lo previene: “Algún día, cuando esté, envejecido, arrugado, feo. Cuando el pensamiento le marchite la frente con sus garras y la pasión manche sus labios con horribles estigmas, lo sentirá usted terriblemente.”.[11]

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Libre de cualquier restricción gracias a sus preciados valores (juventud y belleza), Dorian comienza su empresa hedonista; él observa, fascinado, mientras su retrato se hace más feo y él continua sin mancha. Sus amigos permanecen desprevenidos porque, en palabras de la Duquesa de Monmouth: “Nosotras las mujeres, como dice alguien, amamos con nuestros oídos, como ustedes los hombres aman con los ojos” [12], por eso sus amigos todavía lo quieren, lo aceptan, pero todo esto tiende a cambiar gradualmente.

Dorian Gray se aferra a su belleza deseando que las marcas del tiempo y de sus pecados queden impresas en su imagen, el retrato. Sin embargo, la imagen se va convirtiendo en su conciencia visible, es su castigo: “En otro tiempo se dio el placer de contemplar cómo cambiaba y envejecía. Desde hacía mucho no había experimentado semejante placer. Le tenía desvelado por la noche. Cuando salía, sentíase lleno de terror de que otros ojos pudieran verlo. Había aportado la melancolía a sus pasiones. Su simple recuerdo le echaba a perder muchos momentos de alegría. Había sido como una conciencia de sí mismo. Sí; había sido la conciencia. Lo destruiría”[13]. Existía en el mundo victoriano una asociación profunda entre la obra y su autor (tan es así que el juicio hecho en contra de Oscar Wilde comenzó siendo un juicio sobre sus obras) y esta claridad la tenía Dorian Gray quien asesina a Basil Hallward (pintor) y pretende destruir su pintura: “Como había matado al pintor, mataría la obra del pintor y todo lo que significaba”[14].

Al final, Dorian, no pudiendo soportar el señalamiento permanente de su maldad a través de la pintura, la apuñala y él mismo muere; la pintura recupera su belleza y el cuerpo muerto asume las marcas de su propia vida: “Sobre el suelo yacía un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Estaba ajado, lleno de arrugas, y su rostro era repugnante”[15]. Julia Kristeva, utilizando el mito de Narciso, puede dar luces para trabajar este desenlace. En su apartado “Narciso: la nueva demencia” de su texto Historias de amor, describe grosso modo el mito recordándonos su final, que guarda mucha relación con el de Dorian Gray: en La metamorfosis, Ovidio nos dice que Narciso desesperado “golpea su pecho desnudo con la palma de sus manos de mármol” y muere al lado de su imagen; Kristeva afirma que Narciso muere después de verse a sí mismo, después de identificar el reflejo en el lago como su propia imagen. De igual modo, Dorian Gray muere porque se ve a sí mismo, porque su retrato es su propia imagen. En su texto Kristeva afirma que es un error considerar como una realidad el simple reflejo, tal como lo hace Narciso al enamorarse del reflejo en el lago; por eso Narciso es culpable de ignorarse como el origen del reflejo; el error, según Kristeva “consiste en ignorar que el reflejo no remite más que a uno mismo” [16]. Dorian Gray muere al cometer este mismo error: al ignorar que su reflejo (el retrato) lo remitiría a él mismo (su alma).

Existen innumerables textos dedicados a la vida y obra de Oscar Fingall O’Flahertie Wills Wilde que hacen referencia a sus influencias; éstas son amplias y variadas pero coincidentes en por lo menos tres concretas: John Ruskin, Walter Pater y Charles Baudelaire. Del primero, se apoya en la idea de la prédica de la belleza; del segundo, el vivir el momento a plenitud; y del tercero, el dandysmo. Ruskin, célebre escritor puritano, afirmaba que la belleza está en la naturaleza; su teoría se presentaba como una resistencia contra la cultura y la ciudad industrial; su teoría de la belleza luchaba contra la fealdad maquinista; él le enseñó a Oscar Wilde (en Oxford) a entusiasmarse por la belleza. Ruskin, además, relaciona el arte con la moral: la obra de arte se juzga en tanto la fuerza de los valores morales que expresa; Sin embargo, Wilde no comparte para nada esta posición; para él, el arte está fuera de los alcances de la moral.

Oscar Wilde

Es en este punto en donde Oscar Wilde se acerca más a las ideas de Pater, quien afirmaba que las cosas se encuentran en un constante fluir y por eso destacaba la significación del momento; afirmaba además, que como todos estamos condenados a morir, lo que importa es aprovechar el momento, saborearlo. En consecuencia, aseguraba (sin ningún reparo ético en contraste con Ruskin) que las grandes pasiones pueden estimular tales sentimientos. Estas ideas habían escandalizado a la sociedad victoriana, tal como lo hizo en su momento la aparición de Las flores del mal, de Baudelaire. Wilde, al escribir su novela, no olvida retomar estos preceptos, que querían ver en el arte únicamente arte sin nungún resto de necesidad ética.

Continuando con las influencias, Baudelaire ve el lado negativo de la sociedad contemporánea; para él, el hombre no es bueno por naturaleza, en él no existen los actos altruistas, generosos ni solidarios. De esto se desprende que el mal es lo natural; la virtud es, por el contrario, artificial ya que exige un esfuerzo y llega impuesta desde fuera; por ello, identifica lo natural con lo vulgar y en respuesta a esto Baudelaire convierte al dandy en un arma contra su propia clase, contra la rutinaria vida burguesa y contra su época que considera decadente. El dandysmo es el total desinterés por la vida cotidiana; el dandy es ocioso, extravagante, aficionado al lujo, a la moda y al mundo del placer. De manera clara se ven estas ideas reflejadas en el estilo de vida de Oscar Wilde y en el estilo de vida asumido por su personaje Dorian Gray.

Con este contexto, podemos ver un contraste axiológico entre el artista (Oscar Wilde) y la sociedad victoriana. Durante el reinado de Victoria Alessandra (1837 – 1901, el reinado más largo en la historia de los monarcas británicos), denominado la época victoriana, se identifican tres (3) imperativos categóricos, y el aspecto que tiene el primer lugar en esta triada es la religión; ésta ocupa un lugar de privilegio tanto en la vida privada como en la pública. De aquí se desprende directamente el puritanismo que hace énfasis en el horror por el pecado, desembocando en formas de culpabilidad casi neuróticas. Con la excusa de rechazar los placeres del mundo, se llegó a un código moral de rigor extremo. El segundo componente es la familia, que presentaba un triple carácter: moral, social y afectivo; es una santa institución. El tercer elemento es el trabajo, que se sacralizaba tanto como necesidad y como virtud.

Wilde

Por este motivo la sociedad victoriana veía como perverso e inmoral a quien atentara contra sus valores: cómo sería vista entonces una obra en donde se reprocha y desprecia las instituciones sacras, una obra en donde el héroe predica la búsqueda del placer, se divierte y goza llevando una vida hedonista, etc; tal como lo afirma Francois Bedarida en su texto La era victoriana, “del moralismo a la hipocresía solamente hay un paso”, Oscar Wilde lo recuerda perfectamente en varios apartes de su novela, como en este comentario de lord Henry Wotton: “Supongo que esto se debe a que ninguno de nosotros puede soportar la vista de otros que tengan sus mismos defectos. Simpatizo por completo con la democracia inglesa en su rabia contra lo que ella denomina los vicios del gran mundo. Las masas sienten que la embriaguez, la estupidez y la inmoralidad deben ser propiedad suya, y si alguno de nosotros asume esos defectos, es como si cazase en sus vedados. Cuando el pobre Southwark compareció ante el Tribunal de Divorcio, la indignación de esas masas fue magnífica. Y, sin embargo, no creo que la décima parte del proletariado viva correctamente”[17].

Oscar Wilde, sus ideas, sus gustos y hasta sus gestos no encajaban en el esquema victoriano; realmente su existencia era considerada subversiva: su vestimenta con toques extravagantes como usar pantalones de montar de terciopelo, y llevar el pelo largo logró escandalizar a la clase media de Inglaterra. La trasgresión de los austeros cánones imperantes fue una constante en su vida. Dos aspectos afloraron con una fuerza particular: su homosexualidad por un lado y sus ideas por otro, fueron detonantes definitivos para que la sociedad victoriana lo rechazara. La racionalidad burguesa no acepta nunca al homosexual pues está en contra de todos sus principios: la familia, por ejemplo. Además, su ideal socialista apostaba por una sociedad libre que acabe con la “voracidad” de la burguesía en la que no hay cabida para la propiedad privada ni ninguno de sus derivados. Afirmaba Wilde que era importante vivir rodeado de cosas bellas para lograr una vida armoniosa; que los obreros debían vivir en un ambiente agradable para que sean capaces de crear objetos bellos: la asociación entre belleza y bienestar es evidente en él. Wilde le apuntaba al rescate del individuo antes que a la masa social. Estas ideas estaban presentes en la literatura de Oscar Wilde, de ahí que el choque axiológico fuera evidente y que se sintiera sobre él todo el peso disciplinario victoriano.

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Después de la publicación de El retrato de Dorian Gray, no se hicieron esperar los ataques a esta obra; calificativos como venenoso, pecaminoso, inmoral, fueron los favoritos de los críticos de la época. Se sugería que lo suprimieran, que lo arrojaran al fuego. Oscar Wilde inicia así una campaña de defensa contra la prensa, logrando su desahogo en el texto El alma del hombre bajo el socialismo, en donde evidencia su posición respecto a la crítica. Reafirma nuevamente su idea de que el arte y la ética son diametralmente distintas y se define como una persona “completamente incapaz de comprender cómo puede uno situarse desde un punto de vista moral para criticar una obra de arte”[18]; además afirma que se debe enseñar a los críticos a valorar la obra sin hacer alusión alguna a la personalidad del autor, idea que Wilde consigna en el prefacio de su novela: “El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y esconder al artista es la finalidad del arte”[19].

Wilde estaba convencido de que el arte es superior a la vida y a la naturaleza gracias a la imaginación creadora del hombre quien es capaz de realizar mejores obras que las que la naturaleza y la vida pueden realizar. Su famosa frase “la naturaleza imita al arte” tiene su mejor reflejo en el retrato que, antes de que Dorian venda su alma, es mejor que él porque no puede perder su belleza. Cuando Wilde mata a Dorian y asume en su cuerpo sus pecados, y al otorgarle al retrato nuevamente su belleza inicial, una vez más el Arte y la Belleza quedan muy por encima de la Vida, siendo definitivamente ésta la base de toda la teoría estética de Oscar Wilde.


[1] WILDE, Oscar. El retrato de Dorian Gray. Panamericana : Santafé de Bogotá, D.C., 1999. Pág. 25

[2] Ibidem Pág. 25

[3] Ibidem Pág XI

[4] Ibidem Pág. 2

[5] “Dios fenicio, al cual siempre se representaba como un bello joven. Su hermosura y sus amores con Venus han sido fuentes de inspiración para numerosos artistas a través de los tiempos”

[6] “Personaje de la mitología griega, que se enamoró de sí mismo al contemplar su imagen reflejada en las aguas de una fuente”

(notas extraídas de la edición de Panamericana de la novela)

[7] Op. Cit. 1 Pág. 3

[8] Ibidem Pág 12

[9] Ibidem Pág 31

[10] Se trata en Los elixires del demonio de Hoffman, en William Wilson de Poe, en El extraño caso del dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson.

[11] Op. Cit. 6 Pág. 26

[12] Ibidem Pág 243

[13] Ibidem Pág 275

[14] Ibidem

[15] Ibidem Pág 276-277

[16] KRISTEVA, Julia. Historias de amor. Siglo XXI : México, D.F., 1997. Pág. 93

[17] Op. Cit. 15 Pág 10-11

[18] WILDE, Oscar. El alma del hombre bajo el socialismo y notas periodísticas. Biblioteca nueva : Madrid, 2002. Pág 115.

[19] Op. Cit. 15 Pág XI


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